jueves, 12 de enero de 2017

William Goldman y La princesa prometida


Claro que me habría encantado ser una persona ordenada y razonable para haber escrito sobre La princesa prometida con calma, sin influencias ni presiones añadidas (como si hablar de un clásico contemporáneo no fuese complicado de por sí). El "problema" es que después de ver La princesa prometida entré en un bucle de fenómeno fan tal que, cuando me quise dar cuenta, llevaba media novela. Mi intención era hablar de película y libro por separado pero hace tiempo que eso dejó de ser posible. Aunque, bien mirado, el siniestro total de mi calendario me da la oportunidad de hablar de lo maravillosa que es La princesa prometida como adaptación. 
Lo digo muy convencida, y me mantengo firme, pero debo reconocer que todo depende de las prioridades de cada lector. Para mí es primordial que se mantenga la esencia, aun a costa de los detalles, y que la película pueda independizarse del texto. ¿De qué sirve repetir exactamente lo mismo? El cine ofrece recursos que la literatura no tiene, y al revés; no veo por qué una adaptación no debería beneficiarse de ello. 
Y eso que, curiosamente, la mecánica de la novela de William Goldman no es tan distinta de la de su película: en el texto también aparece un niño enfermo al que leen un cuento, sólo que se trata del propio escritor. Es saber que el cuento de su infancia no se corresponde con "La princesa prometida de S. Morgenstern" lo que empuja a Goldman a reconstruir la versión de su feliz memoria. Ese texto, con los cortes de Goldman, sus explicaciones y otras anécdotas, es el que leemos en La princesa prometida. Qué gozada poder ser Goldman-niño, Goldman-adulto y el niño de la película al mismo tiempo. Qué experiencia.
En cuanto a la historia de Westley y Buttercup, poco queda por decir. Soy consciente de que la película deja algunas pequeñas lagunas, sobre todo en lo que respecta a las relaciones entre personajes, pero el encanto de La princesa prometida no se resiente. Aunque no estoy muy orgullosa de ello, reconozco que siempre lo atribuí a su propio carácter de cuento de hadas. Luego me llevé una gratísima sorpresa cuando me lo encontré todo explicado en la novela; ahí aprendí a no subestimar a Goldman.
Sin embargo, nunca llegaré a entender hasta qué punto compensaba incluir esa especie de epílogo en La princesa prometida. Fue muy divertido seguir la historia con los incisos del autor pero es una pena romper el encanto del desenlace tan de cuento de la trama de Morgenstern. En ese sentido, la película logra un final más redondo, más satisfactorio. No siempre hace falta saberlo todo. 

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