lunes, 14 de febrero de 2011

Be unsocial

Dicen por ahí que somos animales sociales. Yo debo de ser una especie de eslabón perdido.

III

No había puesto un pie fuera de la Comarca cuando ya estaba soñando con esas películas del oeste. No es que me gusten, es sólo que la figura de "llanero solitario" tiene, no encanto, no es precisamente la palabra que estaba buscando, pero sí ejerce una especie de magnetismo. No sé, supongo que las microondas han acabado por afectarme. O el clima. O la inevitable herencia genética. Qué más da; no voy a seguir perdiendo el tiempo buscando excusas.
El caso es que me gusta la soledad. Me gusta mi soledad. Y si ya soy así normalmente, imaginad cuando me estoy encaminando hacia Dios sabe qué peligros, metida de lleno en algo parecido a una road movie que nunca se me habría ocurrido ni soñar. A estas alturas creo que es necesario aclarar que cuando yo sueño no lo hago al estilo de La Casa de las Dagas Voladoras: cuando yo cierro los ojos no huelo cerezos en flor; no soy testigo de saltos y acrobacias que, en interminables secuencias a cámara lenta, desafían las leyes de la gravedad. En mis sueños no hay moraleja; yo no aprendo cuando cierro los ojos; sólo disfruto de una relajante y profunda fase REM. ¿Para qué más? En resumidas cuentas: la road movie de mis sueños es de bajo presupuesto. Muy bajo presupuesto.
Pensando en estas y otras cosas recorría un sendero pedregoso, llena de hojas muertas y medio descompuestas, todo ello mezclado en un puré de sospechosa tonalidad marrón que yo me afanaba en creer barro, por mucho que mi sentido del olfato se empeñera en lo contrario. Si a esto le sumamos que, como ya he dicho, soy incapaz de imaginar el olor de los cerezos, lo único que tenemos es un olor a mierda que podría tumbar a cualquiera.
Me planteé entonces los posibles usos de mi recién adquirido paraguas:
a) Salir de allí volando cual Mary Poppins. Problema: ¿qué combustible utilizaba ese cacharro? ¿Y si me dejaba tirada en medio de la nada? No, mejor ser prudentes, sólo por si acaso.
b) Hacer aparecer un ambientador. No tengo mucha experiencia en el terreno olfativo, pero la única vez que osé utilizar uno de esos ambientadores de baño, maldito artefacto infernal, estuve a punto de salir corriendo.
c) Pegarme un tiro. Bah, no me apeteció.
Conclusión: vendo paraguas rosa, seminuevo; bueno, bonito, barato. ¿¿Interesados??

Lo que ocurrió a partir de aquí está un poco borroso para mí. Sé que me encontré con alguien. Sé que conocía a ese alguien. Y sé que le mandé a la mierda. Creo que se produjo una reacción de oxido-reducción bajo mis pies y se liberó algún tipo de gas nocivo que nubló mi mente y mis sentidos. Eso, o soy así de borde. Sólo sé que más adelante, cuando estuve en apuros de verdad y pedí ayuda a través de mi twitter, la única respuesta fue: #tuputamadreguapa.