domingo, 29 de mayo de 2016

El mago de Oz, de Lyman Frank Baum

Tenía pendiente El mago de Oz desde que leí Wicked, de Gregory Maguire, hace unos cuatro años. Adoré ese libro en su momento, pero ya sabéis que yo hasta mis obsesiones más vehementes me las tomo con calma. 
Entonces me preocupaba bastante no conocer la historia original. No podía dejar de pensar que a lo mejor lo que a mí me parecía tan sorprendente y tan original no era más que desconocimiento. No sé... Puede que mi memoria haya ido adornando Wicked con el tiempo, pero lo cierto es que no encontré nada tan impactante en El mago de Oz. Supongo que influye que la perspectiva de cada obra es distinta: la de El mago de Oz buscaba la ingenuidad sorprendida del extraño, mientras que Wicked se basaba en la inmersión del nativo. 
La verdad es que se me hace muy raro escribir todas estas cosas cuando, en el fondo, la cuestión que se impone es que definitivamente soy demasiado mayor para El mago de Oz. Debía de serlo ya cuando leí Wicked así que ni tan mal.
El mago de Oz es un relato tan planito, tan tranquilo y tan amable, que no puede entenderse más allá del cuento de buenas noches. En su época, claro. Yo no me atrevería a recomendar este libro a un niño del siglo XXI porque, bueno, no podemos obviar que la sensibilidad va cambiando; el imaginario de cada generación evoluciona más rápido de lo que nos gustaría creer. Lo que no se puede negar es que El mago de Oz incluye algunos puntos muy interesantes, especialmente el propio Mago. Tendré que seguir imaginando el impacto que debió causar en los niños de su tiempo porque para mí, desde luego, el momento ya pasó.
Ahora sólo me queda la película. 

sábado, 28 de mayo de 2016

El juego de Ender

Pocas novelas me impactaron tanto como El juego de Ender, de Orson Scott Card. Hace casi seis años que la leí, pero aún recuerdo la desazón que sentí cuando cerré este libro por última vez. En su momento no me veía capaz de subsistir sin la secuela, pero no la tenían en mi librería de confianza así que tuve que pasar otra cosa. Y hasta ahora. 
Sobreviví al final de El juego de Ender y a todo el drama que yo misma me monté, pero la impresión nunca me abandonó del todo. Por eso me puse tan nerviosa cuando apareció esta película; siempre fui muy maniática. Lo único que puedo decir en mi defensa es que todos tenemos en mente esa adaptación que nos pone en guardia a la mínima ocasión. 
Os podéis dar cuenta por el póster de que también pasaron unos cuantos años desde el estreno de El juego de Ender hasta que por fin la vi. Qué le voy a hacer. A lo mejor mi subconsciente me estaba forzando a postergar el drama como había hecho con los libros. Nunca lo sabremos. 
El caso, por ir entrando en materia, es que El juego de Ender me encantó. Sin más. Esta adaptación me tenía casi completamente aterrorizada porque la novela de Scott Card se mueve en esa riquísima zona gris de la moral que muchas superproducciones no terminan de encajar. A menudo parece que el cine comercial necesita un héroe al que seguir y un villano que odiar. El juego de Ender, que empieza como un clásico relato de ciencia ficción, abandona muy pronto ese terreno y logra plantear uno de los conflictos más maduros y más humanos que he leído en mi vida. Qué alivio poder decir que todo eso aparece en la película. 
Creo que debo añadir, sólo para que conste, que sí faltan un par de detalles. No es una queja, ni mucho menos; a fin de cuentas, lo que quedó fuera de la película es una subtrama muy basada en la palabra, un elemento casi abstracto, que probablemente habría ralentizado demasiado la trama principal. También es  verdad, sin embargo, que suprimirla por completo redujo a dos personajes a poco más que extras. Pero bueno, no me lamentaré demasiado. Entiendo que esta subtrama se sostiene mucho mejor en un libro que en una película. Lo comento sobre todo para poneros la miel en los labios, a ver si alguien se anima a leer El juego de Ender, aunque la película ya se lo haya dado casi todo.

viernes, 20 de mayo de 2016

Jessica Jones (T1)


A estas alturas ni yo misma sé muy bien en qué punto estoy con todo esto de los super héroes. Sigo sin considerarme una fan del género en sí aunque, así con la tontería, estoy viendo bastantes de estas series. Queda muy lejos el ya paradigmático maratón veraniego; todo esto lo he hecho por mi cuenta (de hecho, la amiga que me metió en estas historias no ha visto Agent Carter ni Daredevil ni Jessica Jones; escarnio público para ella). A lo mejor debería ir replanteándome unas cuantas cosas. 
Mientras tanto, podemos pararnos un poquito en Jessica Jones. 
Esta es una serie que me enamoró completamente, casi desde el primer capítulo. El otro día un compañero de clase me preguntaba si realmente merecía la pena; os podréis imaginar que entonces me puse muy vehemente. Sin embargo, tampoco puedo obviar que este es un chico que conoce el universo de los cómics; yo no sé qué puede haber más allá de la pantalla. Lo único que puedo decir es que Jessica Jones me dio los personajes femeninos que llevaba años buscando sin saberlo. Quién me iba a decir que los encontraría en una serie de ¿super héroes detectives? Por favor, que alguien que sepa le ponga la etiqueta; yo estoy en crisis. 
La verdad es que cuanto más lo pienso más me sorprende lo mucho que me gustó Jessica Jones. Si repaso el argumento y, no sé, convenciones varias de esas que usan los navegadores, sólo encuentro detalles que en teoría me habrían alejado de esta serie. Supongo que nunca sabré por qué me lancé con tantas ganas; sólo sé que me quedé por los personajes. Hay algo en ellos, sobre todo en Jessica, que revive los tópicos de siempre con un sabor más genuino y más humano que nunca. Quizá lo que los hace tan accesibles es que todos hemos topado alguna vez con un Kilgrave.
De verdad, el mejor consejo que puedo dar sobre esta serie es que os dejéis guiar por lo estrictamente personal; los géneros en Jessica Jones son más mentira que nunca. 

miércoles, 20 de abril de 2016

La ciudad ausente, de Ricardo Piglia

La ciudad ausente no es lo que me esperaba. Y esto, que suena casi demasiado diplomático para ser sincero, no es más que la verdad. 
Con este libro me pasó lo mismo que con Tierno bárbaro en su día. El antecedente me viene muy bien para este post pero lo cierto es que no aprendí mucho de aquella experiencia: no saqué una clave de lectura que me permitiera abordar La ciudad ausente como es debido.
Claro que este caso es un poco distinto: Tierno bárbaro no pretendía ser más historia que recuerdo; La ciudad ausente, en cambio, es mil historias al mismo tiempo. Puede que sus comienzos sean más o menos convencionales, pero a partir de un momento dado La ciudad ausente no deja de recomponerse a partir de sus propios restos. Uno no puede leer algo así como una novela convencional. Si tengo que señalar un error en mi lectura es precisamente este: me agarré a la solidez del relato clásico sin darme cuenta de que sería como atrapar el humo. 
Que no os pase lo que a mí: no leáis la sinopsis. Intentad disfrutar del viaje, sin más.

lunes, 4 de abril de 2016

¡Ave, César!

Sólo un minuto de ¡Ave, César! y ya estás metido en la historia; es el magnetismo de los Coen.
Lo que pasa es que da la sensación de que la historia está algo diluida. Hay tantos frentes abiertos que a veces resulta difícil centrarse en la trama principal, a pesar de que su asunto está perfectamente definido. 
Lo escribo, lo releo, y me planteo que a lo mejor en su momento me dejé llevar por un reluciente truco de prestidigitador. Puede que lo que entonces consideré "trama principal" no sea más que la excusa que desencadena la peripecia y, en el fondo, no tiene más trascendencia que esa. 
Si estoy en lo cierto, ¡Ave, César! es una película que da mucho más peso a un segundo significado que apenas tiene que ver con la anécdota más llamativa. Me estoy haciendo de rogar porque todo se desvela en las ultimísimas escenas de la película y no quiero estropearos el final. Lo mejor es llegar a esas pequeñas perlas sin sospechas ni prejuicios, y poder salir del cine con buen sabor de boca. 

sábado, 2 de abril de 2016

Oso, de Marian Engel

Hace algún tiempo leí una entrevista a Enrique Redel, editor de Impedimenta; os dejo aquí el enlace porque realmente merece la pena leerla entera. 
Como veréis, uno de los libros que menciona Redel es Oso, de Marian Engel. Tengo mucha fe en todo lo que edita Impedimenta porque se ve mucho mimo en cada proyecto, y si encima el editor lo recomienda... Me faltó tiempo para incluir Oso en mi lista de lecturas pendientes en Goodreads. Entonces leí la sinopsis y los comentarios, bastante más explícitos que Redel en su entrevista. Por si no estabais pensando mal, la protagonista de esta novela sí tiene sexo con un oso. No, no es una metáfora; el texto no deja ninguna duda al respecto.
Lo bueno de la literatura es que te permite recorrer caminos tan extraños como este. No se trata de simpatizar con el personaje, sino de poder llegar a entender lo que marcó una dirección y no otra, y Oso es un rotundo éxito en ese sentido. 
Terminé esta novela un poco sorprendida, aunque no realmente extrañada. No me puse en la piel de la protagonista, pero como lectora pude ver muy de cerca cómo se desarrollaba su historia. No importa qué habría hecho yo o qué habría dejado de hacer, sino lo coherente que es la psicología del personaje. En una novela como Oso uno debe intentar dejarse fuera y caminar pegado a lo que se le cuenta porque al final, de verdad, todo tiene sentido. El suyo, pero lo tiene.

jueves, 31 de marzo de 2016

The Martian, de Andy Weir

La primera vez que oí hablar de The Martian fue en el tráiler de la película. Como siempre, muy al día de la más rabiosa actualidad. En fin, será mejor que vaya asumiendo que nunca en mi vida voy a ser puntual para nada. 
Parece que las historias de astronautas están de moda (vamos a superproducción por año, si no me equivoco). Lo malo es que han seguido un camino muy irregular. No sé vosotros, pero yo sentí más miedo que otra cosa cuando vi el tráiler de Marte. 
Al final acabé cayendo: todo el mundo hablaba tan bien de esta película que era imposible no contagiarse del entusiasmo. Y en el último segundo todo lo que podía salir mal salió mal y me la perdí. Sólo cuando leí la novela empecé a plantearme que a lo mejor no haber visto Marte fue en realidad un golpe de buena suerte.
Cris, de Si Dumbledore fuera librero, describió a Mark Watney como náufrago antes que como astronauta, y no creo que haya mejor referente para acercarse a este libro. En The Martian pesa más el individuo que la trama: es fascinante cómo el protagonista se sobrepone a su mala suerte y, sobre todo, cómo se forja una nueva normalidad en circunstancias tan extraordinarias. Podemos ver todo eso a través de su diario, y si funciona tan bien es porque Andy Weir consiguió darle al personaje una voz propia, genuina como pocas. Sólo por eso The Martian ya es una novela que merece la pena. 
Aquí empieza mi pequeña crisis: a partir de cierto punto, The Martian alterna la trama de Mark con la de los otros astronautas y los trabajadores de la NASA que intentan ayudarlo. Entiendo que sin todo esto la historia habría quedado algo incompleta pero tampoco puedo dejar de pensar que habría sido muy interesante experimentar como lectores el mismo aislamiento que Mark. 
Creo que esta combinación de tramas encaja mejor en una película que en un libro (qué suerte tener tan a mano la posibilidad de comprobarlo) y, aunque me encanta que disciplinas tan distintas se alimenten mutuamente, tengo que reconocer que me da un poco de pena que la palabra se acabe disolviendo en la imagen.