Aunque parezca mentira, a mí el rollo de los biopics sigue sin convencerme. Eso sí, creo que voy progresando. Por lo menos ahora, cuando me encuentro con una película de este tipo, consigo olvidarme de que se supone que todo es cierto. O casi todo. Por eso puedo quedarme con que La teoría del todo es una película bien guapa.
Esta no es una historia que, de entrada, me pueda parecer apasionante. Me hablaban del estreno, de los actores, de los premios..., y yo sonreía y asentía educadamente. De pronto todo el mundo empezó a hablar maravillas de ella y, claro, acabé cayendo.
Fue al cine con la mente bien abierta, intentando apartar de mí todo escepticismo (o lo que pudiese). Y la verdad es que me llevé una gratísima sorpresa. Iba tibia, como quien dice, y salí de la sala con una cálida sensación que casi no me dejaba notar este frío de febrero.
También es verdad que en el camino de vuelta a casa iba muy centrada en el debate. Este fue uno particularmente acalorado, por cierto; será porque los Oscar se nos vienen encima. Se planteaba, entre otras cosas, que no había un auténtico equilibro entre la persona y la ciencia, por reducir el asunto a lo más visible.
Sí que es cierto que en La teoría del todo se nos habla más de la vida privada de Stephen Hawking y Jane Wilde, en detrimento de, bueno, una de las mayores razones por las que se considera interesante este biopic. Alguna explicación más concienzuda del trabajo de Hawking, aunque manteniendo ese tono divulgativo, habría sido de agradecer. De todas formas, tampoco me voy a quejar porque lo cierto es que La teoría del todo se me hizo muy amena. Además, me gustó mucho que el foco de la historia iluminara también a Jane, aunque esa es una cuestión de estricto gusto personal.
Termino este post con la misma actitud con la que fui al cine: creyendo que es una película, sin más, y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Supongo que eso os dirá más de mí que de La teoría del todo pero tampoco me parece de más comentarlo.






