domingo, 9 de septiembre de 2012

Si te dicen que caí, de Juan Marsé

Como puede que recordéis, siento cierta predilección por la novela de posguerra. En esta línea se sitúa Si te dicen que caí, de Juan Marsé. 
Claro que, ya os lo aviso de antemano, Juan Marsé es un poco más surrealista así que no se le puede leer como a cualquier otro autor. En las novelas que he leído, suele introducir algunos fragmentos de naturaleza extraña, algo confusos, pero que dan al conjunto del libro un toque que a mí personalmente me encanta. 
Con todo, me sentí hasta un poco perdida cuando empezaba a leer Si te dicen que caí: no sabía quién estaba hablando ni cuándo ni con quién. Y encima, si no tenía ya la cabeza bastante embotada, de pronto me encuentro con que en algunos capítulos el entorno cambia totalmente, no sólo el narrador, que nunca llega a estar claro, sino todo el conjunto. Me dije: "Dios mío, ¿y ahora qué hago? No me estoy enterando de nada". La solución, amigos míos, es tener fe. Fe en Marsé, no en nada raro; simplemente fe en que este magnífico autor es capaz de hacer que todo acabe funcionando.
Esto me dejó grata y francamente sorprendida: Marsé va proporcionando información de muchos personajes, en tiempos y lugares distintos, pero cuando cierras el libro te das cuenta de que todo encajaba a la perfección. Yo sigo pasmada con el resultado final, la verdad. 
La literatura de Marsé, y en especial Si te dicen que caí, no es precisamente un paseo por el parque, pero el esfuerzo siempre merece la pena.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Quiero ir al fin del mundo

Y tocarlo para asegurarme de que es real. 

La verdad, esta vez sí sabía qué me iba a encontrar cuando empecé a ver El show de Truman. También os digo que nada de lo que yo hubiese imaginado antes se acerca lo suficiente a lo escalofriante que puede llegar a resultar. 
No es sólo que sea una especie de Gran Hermano elevado a la máxima potencia, es que presenta una vida falsificada o, lo que es peor, una macroincubadora. Al creador de este programa le consuela pensar que lo que hace es por el bien de Truman, que en el entorno que le ha creado va a estar más seguro y ser más feliz que en el mundo exterior, el real. ¿Qué opináis vosotros? ¿Qué es mejor: cometer un error y sufrir sus consecuencias o no poder llegar a equivocarse nunca?
Parezco especialmente indignada y en realidad El show de Truman me ha gustado mucho. Es siniestra, sí, pero también sobrecogedora y, sobre todo, muy buena. No tengo ningún dilema interno: El show de Truman acaba de convertirse en una de mis películas favoritas. 
Alguna vez os hablé de películas que acababan por no gustarme porque alguno de sus personajes, normalmente uno con mucho peso, acababa cayéndome mal. Sería de esperar que me ocurriese lo mismo con el realizador de El show de Truman, pero no. No estoy diciendo que me caiga bien, sólo que no es tan enervante, a lo mejor porque no sale demasiado. Aunque probablemente mi impresión sobre esta película no cambiaría si así fuese: sólo tenéis que ver el principio para comprobar por qué. Parecen poco más que retazos de entrevistas, apenas declaraciones, y unos cuantos nombres por la pantalla. Caras que conocemos, nombres que no. Todo medido al milímetro.
No os cuento más, que poco falta para que termine de estropear la película a los que aún no la han visto. Baste decir que el comienzo es más que prometedor y el final, brillante con un punto escalofriante que no puedo pasar por alto. 

Puesto #159 de las 200 de Cinemanía.

viernes, 7 de septiembre de 2012

The Artist. El regreso del cine mudo

Muda me he quedado yo después de ver The Artist.
Me encantó que, por una vez, se hiciese una película muda sobre la transición al cine sonoro y no una película hablada sobre el cine mudo. Porque claro, al principio, cuando te sitúan a finales de los años veinte y tienes las primeras películas sonoras como telón de fondo, rápidamente piensas en Cantando bajo la lluvia. Cómo me gustó estar equivocada al respecto. No porque Cantando bajo la lluvia no me guste, que me gusta, sino porque soy consciente de que le falta profundidad: es un buen entretenimiento pero no pasa de ahí. The Artist, en cambio, es una auténtica obra maestra, una joya que se ha ganado un lugar propio en la historia del cine.
Casi podríamos decir que The Artist es una película muda porque, aparte de ser lo mejor para el argumento, no le hacen falta palabras: basta (y sobra) con un sólo gesto de Jean Dujardin. En serio, este hombre está simplemente increíble. Pero eso tenéis que verlo, nada de lo que yo diga podrá hacerle justicia.
Todo esto y mucho más hace de The Artist un clásico contemporáneo imprescindible en cualquier filmoteca que se precie. De, por y para el arte.

Puesto #84 de las 200 de Cinemanía.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Midnight in Paris

Allen en estado puro, Midnight in Paris es una fantasía hedonista de corte más que decimonónico; dulce, sutil y sorprendentemente natural surrealismo.
Lo que empieza siendo una simple y breve estancia en París se convierte en el escenario de un dilema que acabará trascendiendo los límites del tiempo aunque, todo sea dicho, son poco importantes en esta historia. Nos interesa saber que quizá nuestro tiempo no es tan malo, no tan aburrido como puede parecer en uno o muchos momentos.
Ésta es una de esas películas que es mejor no intentar resumir. Sus líneas son tan claras, tan sencillas, que cualquier cosa podría chafarla. Nada más lejos de mi intención, claro. Por eso sólo os diré que Midnight in Paris es una película para nostálgicos, quizá incluso la cura para esa nostalgia. O por lo menos un pequeño paliativo. 
Al principio de la película ya estaba pensando echarle en cara a Woody Allen que no tiene en cuenta los problemas de la gente corriente: sus personajes son siempre artistas, más o menos exitosos, pero siempre con una economía bien saludable de fondo. No es real. Claro que en esto tengo que ir con pies de plomo porque sólo he visto tres películas suyas (de todas os hablé aquí, por cierto). De todas formas, en este caso tengo que ser más flexible sí o sí porque realmente nada de eso importa. Al final, y eso es lo mejor de Midnight in Paris, lo que uno conserva cuando llegan los títulos de crédito es algo parecido a una cierta paz interior: algún tiempo pasado fue mejor, sí, pero nada es tan real como el presente.

Puesto #151 de las 200 de Cinemanía. 

Kick-Ass

Si te gustan las pelis de superhéroes, probablemente Kick-Ass está hecha para ti. Y si no, también; puede ser una buena forma de empezar.
Lo que plantea Kick-Ass es que no todos los héroes son huérfanos vengativos o jóvenes de pronto mutados, bien conscientes de que algo sobrenatural los hace distintos del resto. Es, como bien dice el protagonista, su responsabilidad luchar por aquellos que no pueden defenderse. Pero, ¿qué pasa cuando no tienes nada de eso? ¿Debes quedarte en casa a esperar que te salven o puedes tomar tu destino en tus manos? En suma, ¿cualquiera puede ser un héroe? 
Una de las cosas que más me gusta de Kick-Ass es el clima como de mediocridad que la envuelve. Y ni siquiera podría decirse eso. No sé, es algo extraño de explicar. Sí puedo deciros con toda seguridad que no es algo frecuente. Kick-Ass es la reinvención del cine de acción.
Fijaos bien en lo que os voy a decir ahora: ésta es, además, una de las pocas películas de las que espero una segunda parte. Sí veo que el final pide a gritos una continuación, y mirad que me gustan los finales abiertos. Acaban de confirmar una secuela y ya he decidido, pocas horas después de ver Kick-Ass, que cuando salga voy para allá de cabeza. Ya os contaré entonces si se le hace justicia o no, porque siendo como es esta primera parte es igual de fácil que se mantenga en su línea o que caiga en los estereotipos tan frecuentes de este género que hasta ahora evitaba de una forma bastante digna.

lunes, 3 de septiembre de 2012

¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind)

¿Alguna vez habéis hecho algo de lo que luego os arrepentisteis? ¿Habéis sentido tanta vergüenza que quisisteis desaparecer? En momentos como ese, ¿no sería bonito poder olvidar? Pasar no sólo una página, sino todas; empezar de cero.
Todo eso es posible en ¡Olvídate de mí! (o mejor en el original: Eternal Sunshine if the Spotless Mind, un título con bastante más significado, ya veréis por qué).
Lo que se nos ofrece en esta película no es la clásica historia de amor. Es, más bien, la deconstrucción de un romance. Y su destrucción. Todo a la vez. Con un muy sutil toque de ciencia ficción.
Es posible que alguien por ahí no le dé crédito porque el protagonista es Jim Carrey, o que quiera verla precisamente por lo contrario. A todos les digo que no es, ni mucho menos, el tipo de película al que Carrey nos tiene acostumbrados. Tiene algún guiño, algún punto cómico, porque no todo pueden (ni deben) ser lágrimas, pero desde luego Eternal Sunshine of the Spotless Mind no exhibe el humor absurdo que podríamos asociar a esta cara.

No quiero seguir comentando más esta película porque su encanto, tanto para los personajes como para el espectador, es no saber muy bien por dónde van los tiros.
Me resulta complicado callarme porque, la verdad, me ha encantado. Hacía tiempo que le había echado el ojo aunque no sé muy bien por qué. No sabía de qué iba ni había indagado sobre ella. No sé, no me importaba; tenía buena pinta y punto. Me encanta ir descubriendo estas cosillas en los primeros minutos de una película; es una sensación indescriptible... Precisamente para que podáis experimentarla casi nunca os cuento nada, sobre todo cuando estoy tan entusiasmada como ahora. 
Eternal Sunshine of the Spotless Mind se ha colado directamente en mi lista de favoritísimas, no os digo más.

Puesto #80 de las 200 de Cinemanía.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Lost in Translation

Lost in Translation es una película triste. Tengo que reconocer que mientras la veía me sentí así. A lo mejor es cosa mía. Hombre, estoy segura de que no será sólo cosa mía, pero desde luego tengo que reconocer que soy muy sensible para este tipo de "asuntos".
Supongo que será una máxima universal: de una manera o de otra, necesitamos saber adónde vamos, hacia dónde va todo. Tampoco estaría de más saber que podemos equivocarnos y que nuestros errores, aunque nos hayan llevado en la dirección opuesta a la que teníamos planeada, tienen solución. Estaría bien, ¿a que sí? Pues de eso va Lost in Translation.

Creo que ya os hablé en algún post de esas películas que, de tan profundas, acaban haciéndose lentas. Pues bien, para mí éste es uno de esos casos. Y, la verdad, no me lo esperaba. Tenía grandes esperanzas depositadas en esta película y me encontré con que no era tan tan buena como yo imaginaba.
La verdad, eché en falta algo más de diálogo, entre otras cosas porque era lo mejor de la película. Era divertido, agudo, fresco. No entiendo por qué había tan poco. Ahora, también os digo que no soy precisamente fan de esas secuencias de paisajes urbanos, con lluvia, café, humo y miradas melancólicas que se adivinan debajo del frondoso flequillo de quien sea. Me recuerdan demasiado a tumblr.
Y dicho esto, me voy. Voy a intentar encauzar mi vida porque, si yo ya tenía las cosas más o menos claras, Lost in Translation me ha hecho replantearme unas cuantas.

Puesto #102 de las 200 de Cinemanía.